El poder de la palabra 17/4/17

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Por Enrique Alberto Mendoza Filidor

La palabra de Cristo

“A las Madres que acaban de fallecer, a los hijos desaparecidos, a nuestros enfermos, a las familias en el desempleo y a quienes hoy debemos pedir perdón”

Cada palabra que Jesús expresó a través sus enseñanzas fueron para que se quedaran en la vida de la humanidad como una guía espiritual, sus parábolas llenas de sabiduría y su ejemplo al mantener el cumplimiento de la profecía son sin duda de las más grandes experiencias de la humanidad. Semana Santa son los días establecidos para conmemorar el último periodo de su vida de Jesucristo. La palabra Jesús viene del latín iesus y este del griego iesous y este del hebreo Yeshua (salvador). Cuando lo crucificaron en la parte superior a su cabeza colocaron una tabla con la inscripción INRI que significa Iesus Nazarenus Rex ludaeorum, (Jesús de Nazaret Rey de los Judíos).

Él tuvo siete palabras mientras permaneció clavado en la cruz: 

La primera fue: “Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23,34), donde el perdón se convierte en la gran encomienda, con lo que se elevan las virtudes y se puede vivir en paz, Jesús considera la ignorancia de los hombres que lo crucifican y consiente el cumplimiento de la profecía, la que es palabra de Dios, el perdón es benéfico para quien lo recibe pero aún más para quien lo otorga, porque es un bálsamo que alivia las emociones y purifica el alma. La segunda palabra fue: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23,43), siendo la promesa de la vida eterna, exaltando a quien cree sin ver y sin escuchar, es precisamente al “buen ladrón”, Dimas, a quien le ofrece estar a su lado en el paraíso, después de que éste le ha reprochado al otro ladrón que le esté molestando y poniendo en duda su presencia divinidad, aún en el último momento de existencia, el arrepentimiento por nuestras ofensas a nuestros semejantes es oportuno para vivir la vida eterna en paz. La tercera palabra fue: “He aquí a tu hijo, he aquí a tu Madre” (Juan 19,26), cuando en un acto de identidad, Cristo le encomienda al humano honrar a su Madre y ésta cuidar a su hijo, aquí María es elevada a lo más alto para ser adorada como la cuidadora de la fe cristiana, nuestro deber de elevar nuestras oraciones por la madres del mundo, las que aman incondicionalmente y saben perdonar; La cuarta palabra fue: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? (Mateo 27,46), las últimas fuerzas se agotan, llega un momento de dolor inmenso que hasta el propio Cristo pregunta a su Padre la razón de su abandono, sin embargo, resurge de su inmaculado corazón la fe inquebrantable, la que nunca pierde porque sabe su misión, la única, la de ser el redentor de la humanidad, similar momento vivimos las personas comunes, en medio de la desesperación por salud, abandono, violencia, escases, miseria, egoísmo y odio entre mucho más, ahí es cuando nos atrevemos a preguntar ¿por qué nos ha dejado de la mano Dios?, cuando en realidad estamos abrazados por Él y nos tiene cerca de su pecho, Dios, nuestro Señor, nunca nos abandona.

La quinta palabra: “Tengo sed” (Juan 19,28), el hombre, necesita agua, el camino aún es largo y nuestras necesidades muchas, pero lo más elemental como el agua satisface nuestra vida, aún en el abismo más oscuro, debemos hidratar nuestra fe de que llegaremos a ver la luz de la vida verdadera, la vida eterna al lado del Señor, hemos de considerar el agua como un elemento natural imprescindible en la vida de los seres vivientes, sin agua somos nada. San Francisco de Asís, llegó a exclamar “Bendita seas Hermana Agua” y Cristo con la experiencia de Juan el Bautista nos enseñó que se purifica el alma con agua.

La sexta palabra: “Todo está consumado” (Juan 19,30), cuando en la vida tenemos un propósito y lo sabemos, podemos descansar al concluir nuestro camino, no en la fuerza de nuestro cuerpo, sino en la esencia de nuestro ser, nuestra alma y espíritu unidos para llevar con nosotros la paz de que hemos cumplido y no dejar asuntos pendientes en la tierra, muriendo con esperanza por una vida nueva.

La séptima palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23,46), sin perder por un instante su fe y convicción, al saber que su tiempo ha culminado, con sus palabras y voz, eleva una oración que es un decreto celestial de redención y humildad, más allá de la vanidad de los seres humanos, al morir, sabemos que nuestra alma acudirá a un lugar en el tiempo y espacio del universo y que junto con el espíritu, venerarán a Dios, de acuerdo a nuestras creencias, es un poder incalculable de fe que al morir no se sufre, no se siente agonía, no se ve obscuridad, sino solo luz blanca, una intensa luz blanca que nos invita a acercarnos en paz.

El poder de la palabra de Jesucristo está en su fe y enseñanzas, en su ejemplo, Él tuvo que morir como lo dictaba la profecía para cumplir la palabra de Dios.

Hoy enmedio de tanta maldad y de una presencia cada día mayor del maligno, debemos sensibilizarnos y hacer de la oración a Dios el camino del perdón, pero asumiendo que si no nos mantenemos unidos, y nos cuidamos entre nosotros mismos, sufriremos constantemente. 

La oración es dialogar con DIOS y juntos hacer una conversación donde no esperemos nada a cambio, solo la bendición que nos proteja de todo mal.

Así también debemos conocer las 7 palabras del padre Nuestro que mucho nos acerca al Señor, Nuestro Dios.

Fe en Dios y amor entre los seres humanos. Amén.

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